dolorosa

Consagración a María

Nuestra familia religiosa hace, junto a los votos de castidad, pobreza y obediencia, un cuarto voto que “implica una total entrega a María para servir mejor a Jesucristo”[1].

Nuestras Constituciones señalan un doble aspecto del mismo:

a. Materna esclavitud de amor:

“Esta consagración a María es hecha como “materna esclavitud de amor”, según el modo admirablemente expuesto por San Luis María Grignion de Montfort. (…) Esto no es sino renovar, más plena y conscientemente, las promesas hechas en el Bautismo, en el cual fuimos revestidos de Cristo, y en la profesión religiosa. Y, además, por esta esclavitud de amor se hace patente el dominio y la providencia maternal que tiene María sobre todas las cosas, pero especialmente sobre las almas fieles, según lo cual expresa San Buenaventura: ‘Esclava de María Reina es cualquier alma fiel, incluso la Iglesia universal’ ”[2] . Y “por esta esclavitud de amor, no sólo ofrecemos a Cristo por María nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestros bienes exteriores, sino incluso nuestras buenas obras, pasadas, presentes y futuras, con todo su valor satisfactorio y meritorio, a fin de que Ella disponga de todo según su beneplácito, seguros de que por María, Madre del Verbo Encarnado, debemos ir a Él, y que Ella ha de formar ‘grandes santos’ ”[3].

b. Marianizar la vida:

“Fruto de esta consagración a la Santísima Virgen y consecuencia natural es el marianizar toda la vida”[4]. Para ello es preciso,  hacer todo por María, con María, obrar en María, vale decir, en íntima unión con Ella, y con esto se muestra la permanencia y unidad que ha de darse entre el consagrado y la Madre de Dios[5].

Finalmente, es preciso hacer todo para María. La Santísima Virgen, subordinada siempre a Cristo según el designio eterno del Padre, debe ser el fin al cual se dirijan nuestros actos, el objeto que atraiga el corazón de cada consagrado y el motivo de los trabajos emprendidos. María es “el fin próximo, el centro misterioso y el medio fácil para ir a Cristo”. Todo fiel esclavo de Jesús en María debe, por tanto, invocarla, saludarla, pensar en Ella, hablar de Ella, honrarla, glorificarla, recomendarse a Ella, gozar y sufrir con Ella, trabajar, orar y descansar con Ella y, en fin, desear vivir siempre por Jesús y por María, con Jesús y con María, en Jesús y en María, para Jesús y para María

(Directorio de Vida Consagrada del Instituto del Verbo Encarnado, nnº 222-225). 


[1] Constituciones [82].

[2] Constituciones [83].

[3] Constituciones [84].

[4] Constituciones [85].

[5] Cf. Constituciones [85 – 88].

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