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La Virgen María: nuestro gran amor

La Virgen María debe ser otro de nuestros grandes amores. Por su unión con Cristo y con la Iglesia. Por habernos engendrado a nosotros, los miembros, junto a la Cabeza. Por habernos sido dada como Madre cuando estaba de pie al pie de la Cruz: He ahí a tu hijo (Jn 19,26).

La Santísima Virgen María es modelo de comunión eclesial “en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo”[1], ella “es la imagen y principio de la Iglesia… antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo”[2].

Ella está en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente: perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste (Act 1,14), y de la Iglesia de todos los tiempos.

Efectivamente, “la Iglesia fue congregada en la parte alta (del Cenáculo) con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos”[3]. A la única Iglesia de Cristo es esencial la dimensión mariana, como le es esencial la dimensión eucarística y la dimensión petrina.

Debemos ser Apóstoles de María entregándonos a Ella en la materna esclavitud de amor y haciendo todo “por María, con María, en María y para María”[4]

Téngase siempre en los momentos de eutrapelia un recuerdo de la Santísima Virgen. Hágase igual cuando ocurran actividades culturales, ya que después de Jesucristo nadie hace tanto por la evangelización de la cultura como nuestra Madre del cielo.

 (Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado, nnº 303-308)



[1] LG, 63.

[2] Ibidem., 68.

[3] SAN CROMACIO DE AQUILEYA, Sermón XXX, 1.

[4] VD, nº 257

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