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María, modelo perfecto de consagrada

“En María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, la vida religiosa se comprende a sí misma más profundamente y encuentra su signo de esperanza cierta (Cf. LG, 68)”[1].

Es Ella el modelo perfecto de consagrada al que todo religioso debe siempre contemplar e imitar: “Entre todas las personas consagradas sin reserva a Dios, Ella es la primera, Ella -la Virgen de Nazaret- es tam­bién la más plenamente consagrada a Dios, consagrada del modo más perfecto”[2]. María, “la Virgen obediente cuyo ‘sí’ a Dios cambió nuestra historia; la mujer contemplativa ‘que conservó en su corazón todas estas cosas’; la misionera que se apresuró hacia Hebrón; la única sensible a las necesidades de Caná; la testigo firme al pie de la Cruz; el centro de unidad que mantuvo unida a la Iglesia recién nacida en su expectación del Espíritu Santo. María mostró, a lo largo de su vida, todos aquellos valores que van unidos con la consagración religiosa. Ella es la Madre del religioso, al ser Madre de Aquel que fue consagrado y enviado, y en su fiat y magnificat la vida religiosa encuentra la plenitud de su entrega y la emoción de su gozo por la acción de Dios que consagra”[3].

Modelo de amor esponsal: “su amor esponsal alcanza el culmen en la Maternidad divina por obra del Espíritu Santo. Ella, que como Madre lleva en sus brazos a Cristo, al mismo tiempo realiza del modo más perfecto su llamado: ‘Sígueme’. Y lo sigue -Ella, la Madre- como a su Maestro, en castidad, pobreza y obediencia”[4].

Modelo también de maternidad espiritual: “que vuestra vida, siguiendo su ejemplo, logre dar testimonio de ‘aquel amor maternal, con que es necesario que estén animados todos aquellos que, asociados en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres’ (LG, 65)”[5].

Nuestra relación con la Virgen encuentra un nuevo fundamento en nuestra espiritualidad que quiere ser “del Verbo Encarnado”. “La Virgen dio su Sí en calidad de esclava: He aquí la esclava del Señor (Lc 1, 38) [6] y miró Dios la humildad de su esclava (Lc 1, 48), y entonces tomó el Verbo forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2, 7) en sus entrañas purísimas; por eso nuestra espiritualidad quiere estar signada, con especial relieve, por el profesar un cuarto voto de esclavi­tud mariana, según el espíritu de San Luis María Grignion de Montfort, de modo que toda nuestra vida quede marianizada”[7]. Y así, por medio de este cuarto voto, “manifestar nuestro amor y agradecimiento a la Santísi­ma Virgen a la par que obtener su ayuda imprescindible para prolongar la Encarnación en todas las cosas”[8].

(Directorio de Vida Consagrada del Instituto del Verbo Encarnado, nnº 248-252)


[1] EE, 53.

[2] RD, 17.

[3] EE, 53.

[4] RD, 17.

[5] ET, 56.

[6] “María Santísima es modelo de docilidad a la voluntad divina desde el ‘Fiat’ de la Anunciación hasta la maternidad dolorosa del Calvario” (Juan Pablo II, Meditación del Ángelus (22/07/1990); OR (27/07/1990), p. 1).

[7] Dir. Espirit. [19].

[8] Constituciones [17].

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