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Rorate coeli

Meditación para seguir continuar con nuestra preparación para la Navidad.

Rorate coeli desuper et nubes pluant iustum, dice Isaías (45,8) en la traducción de San Jerónimo: «Destilad, o cielos, desde lo alto, y las nubes hagan llover al Justo»[1]. Expresa así cómo toda la creación ora, espera y desea, con sed ardiente, la venida del Salvador; del Verbo divino que es Verdad por esencia, que es luz indefectible que hace desaparecer del horizonte humano las tinieblas que oscurecen nuestra pobre naturaleza. «Podemos encontrar—dirá Santo Tomás— una triple razón por la cual el Verbo de Dios quiso encarnarse, y la primera es la perversidad de nuestra naturaleza, que a causa de su malicia se encontraba oscurecida por los vicios y por las tinieblas de la ignorancia; la segunda es la insuficiencia del testimonio de los profetas; y la tercera, el defecto de las creaturas, que eran también insuficientes para conducirnos al conocimiento del Creador»[2].

¿Dónde hubiera terminado nuestra pobre naturaleza humana sin una comunicación explícita y directa de Dios?

Rorate coeli justum! ¡Destilad, cielos, el Justo!

Y Dios ha respondido a esta súplica, de una vez para siempre. La respuesta a este gemido de la creación es aquella más proporcionada a la infinita bondad del Creador, que es Bien por esencia, comunicándose a la creatura en el modo más alto posible, y más definitivo, con la asunción de una naturaleza humana en el Verbo. Respuesta inimaginable, impensable para cualquier intelecto creado (Satanás). Misterio inexplicable, o mejor aún, misterio que tiene una sola explicación, infinita cuanto lo es Dios mismo en su misterio íntimo, explicación que estamos llamados a profundizar siempre más, eternamente, y siempre parcialmente, en el cielo.

Dios ha respondido con la Encarnación del Verbo, y así ha fundado definitivamente nuestra fe, ha elevado hasta los cielos mismos nuestra esperanza, y nos ha mostrado cuánto nos ama, dándonos ejemplo de vida y llevándonos a la participación, nada menos, de la misma Naturaleza divina. Dándonos todos los bienes, con su Encarnación, también ha removido y quitado todos los males, nos ha arrancado del poder del diablo, ha resanado en su misma raíz nuestra presunción y nuestra soberbia, y nos ha librado con la libertad que tienen los hijos[3].

Rorate coeli…, la sed de la tierra y de la humanidad ha sido apagada para siempre, pero no la sed de los individuos singulares. Si los paganos eran injustificables por no haber escuchado la voz de la creación (cfr. Rm 1,20), ¡en qué manera no lo serán aquellos que, teniendo la voz del Verbo, Verbo abreviado de Dios, no lo aceptan! Porque siempre es posible que los hombres no acepten el Verbo, y no lleguen a la Vida eterna, que consiste en conocer al Padre, y a su enviado, Jesucristo. Santo Tomás dirá que «Dios ha venido en carne para que los hombres puedan recibir la luz, o sea llegar a su conocimiento»[4]. El Verbo es luz, pero es luz que no obliga a nadie a aceptarlo.

Entonces, no todos lo aceptan. Por otra parte, desde el momento en el cual ha entrado en la historia, ha tomado para sí los límites que la existencia humana trae consigo: límite de espacio y de tiempo. Cristo vivió en un lugar y en un tiempo concretos. Por eso no todos lo han podido conocer.

Estos dos hechos, el que no todos puedan conocerlo y el que no todos quieran aceptarlo, hace que aquel gemido de la naturaleza sometida al pecado en cierto sentido se prolongue en el tiempo, hasta el fin del mundo. Todavía hoy y siempre se escuchará aquel rorate, coeli desuper, et nubes pluant iustum. Es aquella “espera espasmódica de la creación que espera la manifestación de los hijos de Dios”, como dice la carta a los romanos (8,19).

Este reclamo de la creación se ha vuelto en nuestros días, en tantísimos de nuestros contemporáneos, un grito trágico. El misterio del hombre, de su origen y de su fin, de su vocación que se ha de cumplir en la libertad y por la Gracia, sólo se entiende a la luz del misterio del Verbo Encarnado (GS, 22). Sin embargo, nuestra cultura occidental, que ha nacido y crecido cristiana, ha querido y quiere en muchos renegar del Verbo Encarnado, sumergiéndose y arrastrando tras de sí el mundo entero en el abismo de su propia inmanencia. Es de allí que tantos de nuestros hermanos, aún sin saberlo, lloran en lo profundo de sus corazones el rorate coeli justum, ante las injusticias y maldades que sufren, y ante una nostalgia de Dios que no encuentra cumplimiento ni se apaga. Peor aún, se quiere hoy llevar el problema de la aceptación o no del Verbo más a lo profundo: se quieren encontrar los fundamentos para no necesitarlo. Y así la situación se vuelve más triste si cabe, porque mucho peor que no encontrar respuesta al deseo y la nostalgia de Dios es no querer sentirlos, y no sentirlos de hecho.

Volviendo a Santo Tomás, entonces, hoy, aquella perversidad de nuestra naturaleza humana, y aquellos insuficientes testimonios de los profetas (de nuestros días) y de las creaturas (que han sido privadas por culpa del hombre de su natural ordenación a Dios) de los cuales hablaba santo Tomás, piden al cielo de “repetir los portentos y renovar los prodigios”, de hacer presente en nuestros días aquel misterio divino y que sana de la Encarnación. Rorate coeli… Es una necesidad urgente y aguda, que se verifica específicamente más grave en la cultura y en sus puntos de inflexión. Nuestro mundo tiene necesidad del misterio del Verbo Encarnado.

El Espíritu y la Esposa rezan “ven Señor Jesús” (Ap 22,20). ¿Cómo y cuándo lo hará Dios?  No nos toca dar una respuesta, si no sólo a Dios. A nosotros nos toca hacer nuestra aquella oración, hacer nuestro el rorate coeli de nuestro mundo, de todo hombre, “hechos voz de toda creatura”, pidiendo que la verdad del Verbo Encarnado resplandezca fúlgida y penetre en el corazón de cada persona.

Pero nos toca también a nosotros el hacer presente hoy este divino misterio, “prolongando la Encarnación” en nosotros, enseñando con nuestra vida a sentir aquella nostalgia de la belleza divina, y a encontrar satisfacción sólo en Aquel que es “el más bello de los hombres” (Sal 45,2). En los planes providenciales de Dios somos llamados, y bajo un título específico como miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado, a ser testigos de la trascendencia, siempre y en cada cosa; a representar y ser nuevas encarnaciones del Verbo, viviendo como Él, con su estilo (que los religiosos hemos hecho nuestro con los votos), amando como Él, iluminando como Él, palpitando nuestro corazón únicamente en el suyo.

Y es entonces cuando esta plegaria también cambia: rorate coeli desuper justos; «destilad, cielos, de lo alto, justos», que trasciendan a lo largo de los siglos los límites de espacio y tiempo que el verbo Encarnado quiso para sí. Somos nosotros, cada cristiano, los continuadores de la misión divina del Verbo. Haz de nosotros, Señor, imágenes vivientes de tu Hijo. Transfórmanos, Señor, en nuevas expansiones de aquel Verbo tuyo abreviado en la Encarnación.

Que la Virgen nos conceda fidelidad a una vocación tan alta. Dios lo comenzó en nosotros al llamarnos, tengamos confianza en que Él lo llevará a término.

P. Miguel Soler, IVE 


[1] San Tommaso dice che si applica misticamente al Verbo, letteralmente a Ciro; In Isaiam ad litteram, ad loc.

[2] San Tommaso, In Ioannem, c. 1, l. 5: « Possumus etiam ex praedictis accipere triplicem rationem, quare Deus voluit incarnari: Una est perversitas humanae naturae, quae ex sua malitia iam obtenebrata erat vitiorum et ignorantiae obscuritate […]. Secunda propter insufficientiam prophetici testimonii. Tertia propter creaturarum defectum. Nam creaturae insufficientes erant ad ducendum in cognitionem creatoris».

[3] Cfr. S. Th. III, I, 2 c.

[4] San Tommaso, In Ioannem, c. 1, l. 5: «venit ergo in carne Deus, ut tenebrae possent apprehendere lucem, idest cognitionem eius pertingere».

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