esclavitud-amor

“Mira a la estrella, llama a María”

“¡Oh! quienquiera que seas el que en la impetuosa vorágine de este mundo te ves, más fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por tierra, no apartes los ojos del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las tormentas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, o de la detracción, o de la ambición, o de la emulación, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado ante la memoria de la enormidad de tus pecados, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a sumergirte en el abismo sin fondo de la tristeza, en el barranco de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la Virgen era María”.

(San Bernardo, Súper Missus 2, 17)

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