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Influjo maternal de María

La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la gracia. Es cierto, por tanto, que el Señor es todavía
en el cielo Hijo de María como lo fue en la tierra y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y
obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres. No veamos, sin embargo, en
esta dependencia ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que
es Dios. Y por ello, no le manda como haría una madre a su hijo de aquí abajo, que es inferior a ella. María,
toda trasformada en Dios por la gracia y la gloria, que transforma en El a todos los santos no le pide, quiere ni
hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios.
Por tanto, cuando leemos en San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino y otros, que en el cielo y en la
tierra todo inclusive el mismo Dios está sometido a la Santísima Virgen, quieren decir que la autoridad que
Dios le confirió es tan grande que parece como si tuviera el mismo poder de Dios y que sus plegarias y
súplicas son tan poderosas ante Dios que valen como mandatos ante la divina Majestad. La cual no desoye
jamás las súplicas de su querida Madre, porque son siempre humildes y conformes a la voluntad divina.
Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los Israelitas en forma tan eficaz que
el Señor altísimo e infinitamente misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y
castigar a ese pueblo rebelde, ¿qué debemos pensar con mayor razón de los ruegos de la humilde María, la
digna Madre de Dios, que son más poderosos delante del Señor, que las súplicas e intercesiones de todos los ángeles y santos del cielo y de la tierra?

(San Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, nº 27)

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